Menopausia y sexualidad después de los 50: mi cuerpo cambia, mi valor no

Tengo 53 años y hay algo de lo que cada vez soy más consciente últimamente: mi cuerpo está cambiando. Y no hablo solamente de las arrugas, las canas o de la imagen que me devuelve el espejo. Hablo también del cansancio, de la energía, de las ganas de hacer cosas, de la forma de mi cuerpo y de cómo responde. Mi cintura ha cambiado, mi espalda es diferente y mis glúteos ya no tienen exactamente la misma forma que hace unos años. ¿Y qué? Estoy envejeciendo. Forma parte de la vida y lo acepto. Lo que me cuesta comprender es que todavía haya personas que consideren que, a los 53 años, mi cuerpo, mi sexualidad o mi experiencia profesional deberían tener menos valor.

¿Cuándo empezó a cambiar mi cuerpo?

No sabría decir exactamente cuándo empezó. Estas cosas no siempre suceden de un día para otro. Un día te miras al espejo y descubres que la silueta que conocías está cambiando. La cintura, la espalda, las caderas, los glúteos… A veces me apetece llevar determinada ropa y, en otros momentos, prefiero otra cosa. También hay partes de mi cuerpo que antes mostraba más y que hoy muestro menos.

Pero no vivo estos cambios como una tragedia. Llevo muchísimos años viviendo mi cuerpo con naturalidad, trabajando con él, disfrutándolo y mostrándolo. No pretendo tener a los 53 años el mismo cuerpo que tenía a los 30. Y tampoco deseo necesariamente que sea así. Lo que me interesa es seguir conociéndolo, porque algunas cosas cambian y otras se descubren con la experiencia. Aceptar el envejecimiento no significa dejar de observar lo que sucede en nuestro cuerpo ni renunciar a cuidarlo.

Lo que más he notado no es el espejo: es el cansancio

Hay un cambio que, para mí, ha sido incluso más importante que los cambios físicos. Durante un tiempo empecé a sentir una especie de cansancio, pereza y falta de energía. Y eso me llamaba muchísimo la atención. Porque soy una persona activa. Me gusta hacer deporte, viajar, moverme, trabajar, empezar proyectos, estudiar y disfrutar de mis días.

Por supuesto, también tengo momentos en los que no me apetece hacer absolutamente nada. Pero aquella sensación me parecía diferente. Era como si mi cuerpo no siempre siguiera las ganas que yo tenía de hacer cosas. Cuando se lo comenté a mi médica, ella no consideraba necesariamente que ese estado estuviera relacionado con la menopausia. Y yo tampoco puedo afirmar que todo viniera de ahí. El cansancio puede tener muchas causas. Pero sé cómo me sentía y también sé lo que he notado después.

Los parches hormonales y el cambio que he notado

Hace poco empecé a utilizar parches de estrógenos como parte de un tratamiento médico. Desde entonces, he observado algo que me ha sorprendido: esa sensación de pereza y cansancio parece haber disminuido considerablemente. Tengo muchas más ganas de hacer cosas. De moverme, entrenar, escribir, trabajar, estudiar y ponerme con un proyecto detrás de otro.

No digo que los parches sean milagrosos ni que todas las mujeres vayan a vivir la misma experiencia. Tampoco puedo demostrar que sean la única razón de lo que siento. Pero he notado una diferencia y no quiero ignorarla.

A veces me pregunto por qué hablamos de la menopausia como si todas las mujeres tuvieran que vivirla de la misma manera. Algunas experimentan sofocos; otras, problemas de sueño, cambios físicos o emocionales, mientras que algunas sienten muy pocos síntomas. Cada cuerpo vive esta etapa de forma diferente.

La información médica también reconoce que la transición menopáusica puede provocar dificultades para dormir, cambios de humor y otros síntomas que afectan al bienestar y a la energía. Para quienes quieran profundizar en el tema, recomiendo consultar la información del Servicio Nacional de Salud británico sobre los síntomas de la menopausia y la perimenopausia.

Y esto me lleva a una reflexión. Escuchar a los profesionales sanitarios es importante. Pero aprender a escuchar nuestro cuerpo y explicar lo que sentimos también lo es. Una cosa no debería excluir a la otra.

Mi cuerpo no necesita parecerse al que tenía a los 30 años

A veces pienso en toda la energía que gastamos intentando conservar una versión anterior de nosotros mismos. El cuerpo de los 20 años. Los glúteos de los 30. La cintura de los 40. ¿Y para qué?

Hago deporte y me gusta cuidarme. No voy al gimnasio únicamente por motivos estéticos. Voy porque me gusta moverme, porque me hace sentir fuerte y porque disfruto de todo lo que mi cuerpo todavía es capaz de hacer. Y, por supuesto, la estética también me importa. Pero no necesito tener el cuerpo que tenía hace veinte años para disfrutar del que tengo hoy.

Los cambios forman parte de la vida. Lo que me interesa es cómo los vivimos y cuánto dejamos que las opiniones de los demás influyan en nuestra relación con nuestro cuerpo. Porque, a veces, el verdadero problema no parece ser el envejecimiento. El problema es que algunas personas no aceptan que podamos seguir siendo sexuales, deseables y profesionales a medida que envejecemos.

¿Y qué pasa con la sexualidad después de los 50 años?

Aquí es donde mi experiencia profesional me lleva a ver las cosas desde otra perspectiva. Llevo más de quince años trabajando en el ámbito de la sexualidad, y estoy convencida de que la apariencia de un cuerpo no determina todo el placer que puede sentir ni el que puede proporcionar.

Una cintura más ancha no elimina la sensibilidad. Unos glúteos diferentes no significan que dejemos de disfrutar. Las arrugas no impiden que una persona sepa tocar, sentir o comunicarse. Y tener 53 años no significa que mi sexualidad haya terminado.

Mi cuerpo actual no es exactamente el mismo que tenía hace quince años. Y yo tampoco soy la misma. He aprendido muchísimo durante todos estos años: sobre mi cuerpo, sobre otros cuerpos, sobre el placer y sobre cosas que antes creía saber hacer.

En mi artículo «Se pueden tener 30 años de experiencia sexual y seguir sin saber cómo hacerlo», ya hablaba de una idea que sigo defendiendo: acumular años de experiencia sexual no significa necesariamente haber aprendido a conocer los cuerpos. Y también sucede lo contrario: con los años podemos seguir aprendiendo, descubriendo nuevas sensaciones y mejorando nuestra forma de disfrutar.

No podemos dar por hecho que lo que funcionaba hace diez años tenga que funcionar exactamente igual hoy. Esto se aplica a cualquier edad.

¿Y si nos vendáramos los ojos para disfrutar del sexo?

Llevo un tiempo pensando en una idea que me gustaría poner en práctica algún día: experimentar la sexualidad con los ojos vendados. ¿Por qué? Porque creo que nuestra vista condiciona demasiado lo que sentimos.

Vemos una arruga, una barriga, unos glúteos que ya no son como antes, una persona que consideramos demasiado mayor… y empezamos a juzgar antes incluso de haber vivido nada. Pero ¿qué pasaría si no viéramos la edad ni la apariencia física de la persona que tenemos delante? ¿Y si nos concentráramos en las manos, la piel, la sensibilidad, la forma de tocar, el ritmo y las sensaciones? ¿Seguiríamos teniendo los mismos prejuicios?

No digo que la atracción física no importe. Por supuesto que importa. Pero me pregunto cuánto placer dejamos de descubrir porque nuestra mente decide de antemano qué cuerpos son deseables y cuáles no.

Llevo años trabajando con cuerpos muy diferentes y cada vez estoy más convencida de que la edad y la apariencia no determinan, por sí solas, la capacidad de disfrutar o de proporcionar placer. No es la edad, sino la actitud.

Y quizá vendarse los ojos, siempre de forma voluntaria y en un ambiente de confianza, sería una manera interesante de comprobar hasta qué punto miramos más de lo que sentimos. Porque existe una diferencia entre lo que nos gusta ver y lo que nuestro cuerpo es capaz de sentir.

Acepto mi edad. ¿Por qué les cuesta tanto a los demás?

Esta es una de las contradicciones que encuentro en mi profesión. Cuando trabajo en distintas ciudades, algunas personas conocen mi edad, ven mis fotografías y se interesan por mis servicios. Pero cuando descubren mis tarifas, ciertas reacciones siguen sorprendiéndome.

Algunos hombres, especialmente los más jóvenes, parecen pensar que, por tener menos años que yo, deberían pagar menos o incluso que me están haciendo un favor al interesarse por mí. ¿Desde cuándo la edad del cliente determina el valor de mi trabajo?

No ofrezco tener veinte años. Ofrezco conocimientos, experiencia y una forma de trabajar que he desarrollado durante más de quince años. Mi cuerpo ha cambiado, sí. Pero mientras mi cuerpo cambiaba, yo seguía aprendiendo. Y eso también tiene valor.

¿Por qué aceptamos que la experiencia aumente el valor de tantos profesionales, pero seguimos pensando que una mujer que trabaja en el ámbito de la sexualidad debería valer menos a medida que envejece?

No tengo ningún problema con que alguien no quiera contar conmigo o con que mis tarifas superen su presupuesto. Lo que cuestiono es que se utilice mi edad para menospreciar mi trabajo.

Ya he reflexionado sobre la experiencia y el valor profesional en mi artículo «Sigo siendo la misma mujer, pero ahora mi tiempo vale más». Y cuanto más viajo, más convencida estoy de que existe una diferencia entre lo que una persona puede pagar y el valor que reconoce al trabajo de otra.

La experiencia también se construye con los años. Eso no significa que todo el mundo aprenda simplemente por envejecer. Pero sé lo que yo he aprendido durante los míos. Y no pienso restarle valor.

La menopausia también me está enseñando cosas

Últimamente se habla muchísimo de la menopausia. Y me parece positivo: hay que hablar de ella, disponer de información, poder hacer preguntas y dejar de tratar esta etapa como algo que debe ocultarse.

Pero también me hace pensar en la diferencia entre estudiar una experiencia y vivirla. Llevo años estudiando la sexualidad y trabajando en este ámbito. Sin embargo, algunas cosas relacionadas con mi propio cuerpo no las he comprendido de la misma manera hasta que las he vivido.

Por supuesto, un profesional sanitario puede tener amplios conocimientos sobre la menopausia sin haberla experimentado personalmente. No cuestiono eso. Simplemente creo que la experiencia vivida aporta otra perspectiva.

Una cosa es saber que una mujer puede sentirse cansada. Otra es experimentar ese cansancio, buscar explicaciones, probar un tratamiento bajo supervisión médica y observar los cambios en el propio cuerpo.

La teoría nos enseña muchas cosas. La experiencia nos enseña otras. Y lo que me interesa especialmente es lo que sucede cuando somos capaces de escuchar ambas.

¿Qué pensaré cuando tenga 73 años?

Hay algo que me hace sonreír cuando pienso en todo esto. Me imagino dentro de veinte años, a los 73, mirando las fotografías de la mujer que soy hoy. Y estoy casi segura de que me diré: «Pero, Cris, ¿por qué estabas justificándote a los 53 años? ¡Si eras tan joven!».

Porque a los 73 probablemente tendré otro cuerpo, otras experiencias y otra forma de mirar la vida. Y quizá muchas de las preocupaciones que tenemos hoy me parecerán entonces absurdas.

A los 30 miramos hacia nuestros 20. A los 50 recordamos nuestros 30. Y probablemente, a los 70 miraremos nuestros 50 pensando en lo jóvenes que éramos. ¿Vamos a pasarnos toda la vida mirando hacia atrás?

Yo prefiero seguir avanzando. Seguir cuidándome. Seguir haciendo deporte. Seguir disfrutando de la sexualidad. Seguir aprendiendo y descubriendo cómo cambia mi cuerpo. Y, sobre todo, no quiero pasarme la vida justificando cada edad que atravieso.

Tengo 53 años. No necesito tener 30 ni esperar a cumplir 73 para comprender mi valor. Mi cuerpo cambia. Yo también. Y, mientras viva, espero que los dos sigamos cambiando.

Tampoco quiero competir con una mujer de veinte o treinta años. ¿Para qué? Yo ya he tenido esas edades y ahora vivo otra etapa. No quiero parecer más joven ni demostrar que puedo seguir haciendo exactamente lo mismo que entonces. Quiero disfrutar de mi cuerpo actual y de todo lo que he aprendido gracias a él.

Y hay algo que todavía no entiendo: ¿por qué algunas personas asocian automáticamente la juventud con una mejor sexualidad? ¿Desde cuándo una barriga, las arrugas o las canas determinan la capacidad de dar placer?

En otro artículo, «No soy una fantasía ni realizo fantasías. Soy una experiencia real», ya reflexionaba sobre esa obsesión por la juventud y la apariencia física.

Hoy, mientras observo los cambios de mi cuerpo a los 53 años, sigo pensando lo mismo. No necesito competir con la juventud. Mi experiencia no tiene veinte años: lleva toda una vida detrás.

— Cris Blas Sex Coach Orgánica · Sex Coach Práctica

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