Sexo anal: para penetrar, primero hay que aprender a recibir

Hay algo del sexo anal que nunca he entendido: ¿por qué seguimos tratándolo como si perteneciera a un sexo, a un género o a una orientación sexual? El ano no es masculino ni femenino. Es una parte del cuerpo humano. Y es una parte del cuerpo con sensibilidad y numerosas terminaciones nerviosas. Puede proporcionar placer a hombres, mujeres y personas de cualquier identidad u orientación sexual. Que a una persona le guste o no es otra cuestión. No todo tiene que gustarnos a todos. Pero creo que alrededor del sexo anal seguimos arrastrando demasiados prejuicios y, sobre todo, muy poca educación práctica.

Dos besos y ya quieres penetrar

Hace poco escuchaba un episodio de Sex With Emily dedicado al sexo anal y hubo una idea que me hizo reír porque refleja perfectamente algo que llevo años observando: pretendemos llegar demasiado rápido a la penetración anal, cuando el cuerpo necesita tiempo y preparación.

Y esto es especialmente importante cuando hablamos de penetración anal. El ano no lubrica de la misma manera que la vagina. La penetración anal requiere lubricación, progresión, comunicación y atención a las sensaciones de quien recibe. Ir lentamente y detenerse cuando aparece dolor no son detalles accesorios: forman parte de una práctica sexual segura.

Sin embargo, durante años hemos conseguido que muchas personas asocien sexo anal con aguantar. Y ahí tenemos un problema. Porque el placer no debería consistir en demostrar cuánto eres capaz de soportar.

El sexo anal no pertenece a los hombres ni a las mujeres

Durante mucho tiempo hemos dividido la sexualidad en compartimentos absurdamente rígidos. Esto es de hombres. Esto es de mujeres. Esto es heterosexual. Esto es homosexual. Esto se hace. Esto no se hace.

Pero el cuerpo es bastante menos ideológico que nosotros. El ano tiene sensibilidad tanto en hombres como en mujeres. En los hombres, además, la próstata puede responder placenteramente a la presión o estimulación.

Por eso, disfrutar de la estimulación anal no determina la orientación sexual de nadie. Dice algo mucho más sencillo: esa persona ha descubierto que determinada estimulación de su cuerpo le proporciona placer. Nada más.

Quien penetra debería saber qué significa recibir

Aquí no voy a ser políticamente correcta: yo cambiaría la manera en que aprendemos la penetración. Creo que antes de penetrar deberíamos aprender qué significa recibir una penetración.

Nos enseñaron durante generaciones una sexualidad tremendamente desigual: uno penetra y la otra recibe. Uno lleva el movimiento y la otra tiene que aprender a relajarse, adaptarse, confiar, decir si duele y, demasiadas veces, aguantar.

¿Y cómo pretendemos que alguien comprenda realmente todo eso si nunca se ha colocado en el lugar corporal de quien recibe?

Para mí, las prácticas sexuales se conocen también desde el cuerpo. Puedes leer sobre ellas, observarlas o recibir explicaciones, pero experimentar una sensación te proporciona una información que la teoría no puede darte.

Por eso voy más allá: deberíamos aprender a penetrar y a recibir antes de asignarnos para siempre uno de los dos papeles.

No porque vagina y ano sean anatómicamente iguales, porque no lo son. Ni porque todas las personas tengan que disfrutar de las mismas prácticas. Estoy hablando de aprendizaje corporal, empatía sexual y conocimiento práctico.

Quizá entonces cambiarían muchas primeras experiencias sexuales.

En lugar de enseñar que el hombre “pierde la virginidad” penetrando y la mujer la pierde siendo penetrada, podríamos enseñar algo mucho más interesante: los dos están aprendiendo a dar y los dos están aprendiendo a recibir.

Y después decides. Lo pruebas, conoces tu cuerpo y puedes decir: esto me gusta, esto no me gusta, esto me interesa y esto no quiero volver a hacerlo.

Pero al menos tu opinión procede también de una experiencia corporal y no solamente de un prejuicio aprendido sobre qué partes de tu cuerpo se supone que puedes explorar según seas hombre o mujer.

Para mí, eso sería una educación sexual mucho más igualitaria.

El cuerpo no está igual todos los días

Esta es otra cosa que muchos años de experiencia práctica me han enseñado. Un cuerpo no es una máquina. Hay días en los que recibe determinadas sensaciones con facilidad y otros en los que necesita muchísimo más tiempo.

Hay personas con las que resulta sencillo relajarse y otras con las que no. Cambian la excitación, la confianza, el momento, la anatomía, la experiencia y la habilidad de quien está tocando.

Por eso no creo demasiado en recetas sexuales universales. Creo en observar. Tocar. Esperar. Preguntar. Escuchar la respiración y las respuestas del cuerpo.

Y, sobre todo, no interpretar un “todavía no” como un reto que haya que superar.

Pene y clítoris: más parecidos de lo que nos enseñaron

También nos vendría bien conocer mejor nuestra anatomía. Pene y clítoris no son dos inventos completamente diferentes de la naturaleza. Durante el desarrollo embrionario proceden de una estructura común, el tubérculo genital, y poseen estructuras homólogas, incluidos el glande y tejidos eréctiles.

Existen, evidentemente, importantes diferencias anatómicas entre ambos. Comprender esto ayuda a desmontar otra idea que todavía pesa demasiado en nuestra educación sexual: que existen dos sexualidades completamente diferentes, una masculina y otra femenina.

Nuestros cuerpos tienen diferencias. Pero también tienen muchísimas más semejanzas de las que solemos reconocer.

Penetrar bien no significa llegar más lejos

Quizá este sea uno de los mayores errores que nos ha dejado determinada educación sexual: asociar habilidad con profundidad, intensidad o resistencia.

Para mí, saber follar no consiste en demostrar. Consiste en saber qué está sintiendo el otro cuerpo. Y esto vale para una vagina, para un ano y para prácticamente cualquier práctica sexual.

El sexo anal puede proporcionar muchísimo placer. También puede resultar desagradable, doloroso o simplemente no interesar a una persona. Y también va con las etapas de la vida.

La sexualidad no es estática: hay prácticas que durante años no nos interesan, no nos gustan o no nos producen nada y que, en otro momento de nuestra vida, descubrimos de una manera completamente diferente.

La vida es muy larga y nuestra sexualidad también cambia con nosotros. Las dos cosas son perfectamente legítimas.

Lo que no deberíamos normalizar es que duela porque “es así”. El dolor no demuestra que estés practicando correctamente una penetración, sea anal o vaginal. Si algo duele o resulta incómodo, hay que parar, comunicarlo y cambiar lo que se está haciendo.

Una vagina tampoco está ahí simplemente porque pueda ser penetrada. Necesita excitación, tiempo, lubricación y, sobre todo, que quien penetra esté pendiente del cuerpo que recibe.

Ano y vagina son anatómicamente diferentes: los tejidos, la lubricación y algunas de las estructuras implicadas no son los mismos. Pero eso no significa que las sensaciones sean necesariamente diferentes.

Desde mi experiencia, con un nivel alto de excitación y cuando se saben estimular determinados puntos, hay sensaciones internas que pueden llegar a ser idénticas. Lo sé porque las he sentido en mi propio cuerpo.

Y precisamente esa experiencia me ha enseñado que, independientemente de por dónde se produzca la penetración, hay una regla fundamental:

No se penetra un cuerpo al ritmo de quien entra, sino al ritmo del cuerpo que recibe.

La fricción también puede producir pequeñas lesiones, razón por la que la lubricación y una práctica sexual sin dolor son especialmente importantes.

Quizá necesitamos aprender menos posiciones y más cuerpos

Después de tantos años trabajando con sexualidad, cada vez me interesa menos enseñar una colección de técnicas y posturas.

Me interesa que aprendamos a sentir. A recibir. A tocar. A reconocer cuándo un cuerpo se abre y cuándo se protege. A entender que penetrar no nos da poder sobre el cuerpo que tenemos delante.

Y también a cuestionarnos por qué alguien puede desear penetrar otro cuerpo y, al mismo tiempo, sentir un rechazo absoluto ante la posibilidad de explorar esa misma sensación en el suyo.

No porque tenga que gustarle ni porque tenga que querer repetirlo. Precisamente se trata de conocer la experiencia desde el propio cuerpo antes de decidir.

Porque hacerse esa pregunta ya nos obliga a revisar muchas cosas que hemos aprendido sobre masculinidad, feminidad, orientación sexual y placer.

El ano no tiene género. El placer tampoco necesita uno.

Y tal vez una sexualidad verdaderamente adulta empiece cuando dejamos de preguntarnos qué se supone que debemos hacer según seamos hombres o mujeres y empezamos a preguntarnos algo muchísimo más sencillo:

¿Qué siente este cuerpo y qué necesita para disfrutar?

— Cris Blas Sex Coach Orgánica · Sex Coach Práctica

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