Puedes tener 30 años de experiencia sexual y seguir sin saber hacerlo.

Puedes llevar 30 años follando y no saber follar

En apenas dos días he tenido varias experiencias que me han vuelto a recordar por qué sigo pensando que necesitamos muchísima más educación sexual.

No voy a dar datos de ninguna de las personas. No me interesa señalar a nadie. Me interesa hablar de comportamientos que llevo observando durante años y que, ahora que conozco mucho mejor mi cuerpo, cada vez estoy menos dispuesta a normalizar.

Porque puedes ser una persona educada.

Puedes ser culta.

Puedes tener 50 o 60 años.

Puedes llevar treinta o cuarenta años teniendo relaciones sexuales.

Puedes haber estado con muchísimas mujeres.

Y aun así puedes no saber follar.

Tener experiencia sexual no significa tener educación sexual

El primero de estos encuentros empezó bien.

Era una persona correcta. Habíamos hablado por mensajes y había sido educado y fácil para quedar. Hubo placer y hubo momentos en los que pude comprobar perfectamente que estaba disfrutando de mi manera de tocar, de mis tiempos y de dejarse llevar.

Y quiero contar esto porque sería demasiado sencillo dividir el mundo entre buenos y malos clientes.

La realidad sexual es bastante más compleja.

Hay personas acostumbradas a llevar la iniciativa. Eso no significa necesariamente que sean dominantes, y yo no puedo conocer la personalidad ni la historia sexual de alguien después de compartir una primera cita.

Pero sí observo algo después de tantos años.

Cuando algunas personas encuentran a alguien que también tiene criterio, conoce su cuerpo y toma la iniciativa en determinados momentos, se dejan guiar inmediatamente. A otras les cuesta más.

Yo no quiero dominar a nadie.

Mi manera actual de entender el sexo se parece mucho más a un intercambio: Ahora tú, ahora yo.

En determinados momentos diriges tú. En otros, yo. Tú me muestras lo que te gusta y yo te muestro cómo funciona mi cuerpo. Nos comunicamos.

Porque dos cuerpos que se encuentran por primera vez no vienen con un manual de instrucciones.

El problema empieza cuando digo «me duele» y tú sigues

Durante aquel encuentro llegó un momento en el que una penetración empezó a hacerme daño.

Lo dije. «Me estás haciendo daño». Y no cambió inmediatamente. Volví a decirlo. Seguía doliéndome.

Y ahí apareció una pregunta que no debería tener que hacerme:

¿Por qué tengo que insistir para que alguien deje de hacer algo que le está proporcionando placer pero a mí me está produciendo dolor?

Lo más interesante —y también lo más incómodo para mí— es reconocer que yo aguanté durante un tiempo.

Llevo toda una vida rodeada de sexualidad. Tengo experiencia. Pongo límites. Conozco mi cuerpo muchísimo mejor que hace veinte años.

Y aun así, durante unos instantes, estaba gestionando dos cosas simultáneamente: mi dolor y la reacción de la otra persona.

No quería crear una situación desagradable. No quería cortar bruscamente. Intentaba reconducir. Y pensé: ¿Cuántas mujeres hemos hecho esto exactamente durante años?

Y quizá lo más preocupante es que muchas ni siquiera pensábamos que estuviéramos aguantando algo que no debíamos.

Lo veíamos normal.

Creíamos que el sexo a veces dolía y que aquello formaba parte de ser mujer, de la penetración o simplemente de cómo eran las relaciones sexuales.

He conocido mujeres que han convivido durante años con molestias en sus relaciones y que, al empezar a conocer mejor su suelo pélvico, su excitación o simplemente su propio cuerpo, han descubierto algo que debería haberse explicado muchísimo antes: el dolor no tenía por qué ser el precio de tener sexo.

Y entonces aparece una frase que me parece terrible precisamente por lo normal que llegó a parecernos:

«Yo pensaba que era normal que doliera».

¿Por qué hemos normalizado tanto el dolor de las mujeres?

Hay otra parte de todo esto que cada vez me enfada más.

¿Por qué hemos podido normalizar con tanta facilidad el dolor de una mujer durante el sexo?

Si durante un encuentro hacemos accidentalmente algo que resulta desagradable o doloroso a un hombre, es perfectamente normal que diga inmediatamente: «Eso no». Y nadie debería cuestionarlo. Se cambia y punto.

Eso es exactamente lo que debería suceder con cualquier cuerpo.

Un pene no convierte a una persona en alguien con mayor derecho a protegerse del dolor, igual que una vagina no convierte a otra persona en un cuerpo preparado para soportarlo.

El dolor es dolor.

No existe un dolor masculino que merezca ser detenido de inmediato, ni un dolor femenino que forme parte de follar.

Y tampoco quiero caer en el error contrario y afirmar que todos los hombres se comportan así.

No es verdad.

He conocido a muchos que escuchan, preguntan, paran y se adaptan de inmediato.

Precisamente por eso sé que no estamos hablando de una imposibilidad masculina.

Estamos hablando, al menos en parte, de algo que hemos aprendido, tanto cultural como sexualmente.

Y lo aprendido también puede desaprenderse.

Me interesa mucho más preguntarme cómo hemos construido una cultura sexual en la que tantas mujeres aprendieron a soportar y tantos hombres pudieron aprender que determinadas señales de incomodidad femenina formaban parte del encuentro.

Porque los hombres y las mujeres no pertenecemos a dos especies diferentes.

Nuestros cuerpos pueden ser distintos. Nuestras sensibilidades individuales también. Pero todos tenemos sistema nervioso. Todos sentimos placer. Todos sentimos dolor. Todos tenemos límites.

Y la educación sexual debería empezar precisamente ahí: si no aceptarías que alguien continuara haciéndote algo después de decir «me duele», no deberías necesitar ninguna explicación adicional cuando quien lo dice es la persona que tienes delante.

Y volvió a ocurrirme

Poco después tuve otro encuentro con una persona a la que ya conocía desde hacía años.

Recordaba que aquella primera vez había algo en su manera de follar que no había terminado de gustarme.

Esta segunda vez entendí mejor qué era.

Hay anatomías, ritmos e intensidades que, al combinarse con mi cuerpo, pueden resultarme dolorosos.

Y entonces hay que cambiar. No hay ningún drama. Cambiamos el ritmo. Cambiamos la intensidad. Cambiamos la postura. Cambiamos la práctica. O dejamos la penetración y buscamos cualquier otra forma de obtener placer.

La sexualidad tiene que adaptarse a los cuerpos. No los cuerpos a una técnica sexual.

Eso parece tremendamente sencillo y, sin embargo, demasiadas veces seguimos funcionando al revés.

«A mí me gusta así». Perfecto. Pero si a mí así me duele, así no puede ser.

No estás pagando por una postura

Aquí aparece una pregunta especialmente incómoda cuando el sexo también es un trabajo.

Si una persona ha pagado por una experiencia sexual y su práctica, postura o ritmo favoritos resultan dolorosos para mí, ¿le estoy ofreciendo menos de lo que ha pagado si le digo que tenemos que cambiar?

No. Porque no estás pagando por ejecutar una técnica determinada sobre mi cuerpo independientemente de cómo responda mi cuerpo. Estás pagando por mi tiempo, mi experiencia y aquello que previamente hayamos acordado compartir.

Y dentro de ese acuerdo seguimos siendo dos cuerpos.

Una postura puede encantarte. Una intensidad puede haberte funcionado estupendamente con otras personas. Incluso puedes estar convencido de que es una de las cosas que mejor haces. Pero si conmigo duele, conmigo no funciona.

Eso no significa necesariamente que tú folles mal. Tampoco significa que mi cuerpo funcione mal. Significa que esa manera de hacerlo no funciona entre estos dos cuerpos en este momento.

Y entonces aparece algo que, para mí, distingue precisamente a quien sabe de sexualidad: la capacidad de adaptación.

Ser profesional no significa soportar el dolor de manera profesional.

Significa también tener suficiente experiencia para reconocer cuándo algo funciona, cuándo necesita modificarse y cuándo hay que detenerlo.

No has pagado para imponer una técnica. Has venido a compartir una experiencia con un cuerpo real.

Un cuerpo real cambia

Mi cuerpo de hoy no es exactamente el mismo que el de hace diez años.

Ni siquiera tiene que responder hoy exactamente igual que ayer.

Pueden influir mi momento hormonal, cuánto sexo haya tenido, una posible irritación, el cansancio, mi nivel de excitación, la anatomía de la otra persona, el ritmo, la intensidad y muchísimas otras cosas.

No necesito encontrar una única explicación.

Necesito escuchar lo que está ocurriendo hoy.

Porque lo que ayer funcionaba puede no funcionar hoy.

Lo que resulta maravilloso con una persona puede resultar desagradable con otra.

Y lo que al principio de un encuentro produce placer puede empezar a molestar diez minutos después.

Eso no es un fracaso sexual. Eso es tener un cuerpo.

Gemir no significa que esté preparada

Y aquí aparece otra enorme confusión.

¿Cómo sabes cuánto está excitada la persona que tienes delante?

¿Por qué gime?

Yo puedo empezar a gemir bastante pronto.

Si imaginamos mi excitación como una escala del 1 al 10, puedo estar en un 4 o un 5 y empezar a gemir. Me sale. Es una respuesta espontánea de mi cuerpo. Pero eso no significa que esté en un 8. Y mucho menos significa automáticamente que mi cuerpo esté preparado para aumentar muchísimo la intensidad.

Por eso me sorprende que tantas veces intentemos interpretar la excitación en lugar de hacer algo extraordinariamente sencillo: preguntar.

¿En qué punto estás? ¿Te gusta así? ¿Quieres más? ¿Sigo? ¿Más despacio?

No necesitamos convertir el sexo en un interrogatorio. Pero tampoco podemos convertir un gemido en un consentimiento universal.

Un gemido significa que he gemido. Nada más.

Puede haber placer y, al mismo tiempo, mi cuerpo puede requerir más tiempo.

Disfrutar no implica necesariamente estar preparada para cualquier intensidad.

El placer no es un interruptor

Tenemos una idea demasiado simple de la excitación. Como si existieran solo dos estados: apagado o excitado.

No funciona así. Puedo estar disfrutando a un determinado nivel y todavía necesitar tiempo para que mi cuerpo llegue a otro nivel.

Y precisamente ahí es donde una buena comunicación puede evitar que después aparezca el dolor.

Quizá deberíamos acostumbrarnos a decir: «Estoy disfrutando, pero todavía necesito más tiempo». O: «Estoy en un cinco; no subas todavía la intensidad».

No todo el mundo necesita utilizar números. Pero necesitamos algún lenguaje. Porque si no comunicamos, la otra persona interpreta. Y las interpretaciones sexuales se equivocan.

Esta escala del 0 al 10 no es algo que se me haya ocurrido a raíz de estos últimos encuentros. Forma parte de la manera en que llevo tiempo entendiendo y explicando el placer. Ya escribí sobre ella y sobre la necesidad de abandonar un sexo rápido, fuerte y centrado únicamente en terminar. El placer no tiene género: más allá de los estereotipos.

«Pero a las mujeres les gusta»

En uno de estos encuentros apareció, además, una de esas afirmaciones que llevo escuchando toda mi vida.

Me dijeron que aproximadamente el 80 % de las mujeres con las que esa persona practica el misionero llegan al orgasmo.

Me hizo gracia.

No porque yo pueda saber qué ocurrió con esas mujeres. No estaba allí. No tengo ningún motivo para decidir si tuvieron o no un orgasmo.

Pero la experiencia personal de un hombre no puede convertirse en una estadística sobre la sexualidad femenina.

Y tenemos investigación sobre esto.

En un estudio publicado en Journal of Sex & Marital Therapy, con una muestra probabilística estadounidense de 1.055 mujeres de entre 18 y 94 años, solo el 18,4 % declaró que el coito por sí solo era suficiente para alcanzar el orgasmo.

El 36,6 % necesitaba estimulación clorídea durante el coito y otro 36 % afirmaba que, aunque no fuera imprescindible, la estimulación clorídea hacía que sus orgasmos fueran mejores.

Aquí puede consultarse el estudio científico disponible en PubMed.

Esto no significa que una mujer no pueda llegar al orgasmo practicando el misionero. Por supuesto que puede. Significa algo mucho más interesante: las mujeres no somos una anatomía estándar sobre la que aplicar una técnica que, supuestamente, funciona.

¿Y si llevas años recibiendo información equivocada?

Hay otra cosa que observo con frecuencia y que me resulta fascinante.

Algunos hombres están absolutamente convencidos de que hacen disfrutar muchísimo a las mujeres.

No dicen: «Creo que les gusta». Lo saben. O creen saberlo. «A todas les encanta». «Todas se corren conmigo». «Nunca me han dicho que haga daño».

Pero ¿Cómo sabemos realmente lo que ha sentido otra persona?

En el trabajo sexual esta pregunta es todavía más importante.

Una profesional puede disfrutar genuinamente de una sesión y, aun así, exagerar determinadas respuestas.

Puede gemir más. Puede representar más excitación. Puede incluso fingir un orgasmo para que el encuentro avance o termine. Y también puede sentir una molestia y decidir aguantarla.

Yo misma he aguantado cosas que no debería haber aguantado.

Y conozco compañeras que también lo han hecho.

Por eso me resulta curioso cuando alguien utiliza su historial con otras mujeres como prueba de que una determinada técnica funciona:

«Pues nunca se me han quejado».

Que nadie te lo haya dicho no significa necesariamente que nunca haya ocurrido.

Que alguien haya gemido tampoco demuestra exactamente qué estaba sintiendo. Y mucho menos demuestra que haya tenido un orgasmo.

Aquí puede producirse un círculo bastante perverso.

Una mujer siente que tiene que aguantar o fingir placer.

El hombre interpreta esa respuesta como una confirmación de que lo está haciendo extraordinariamente bien.

Llega la siguiente mujer.

Repite exactamente lo mismo porque «siempre funciona».

Y si esa mujer también se calla o representa, vuelve a recibir confirmación.

Después de veinte años puede estar completamente convencido de que conoce perfectamente el cuerpo femenino cuando, en realidad, puede llevar veinte años recibiendo una información que nunca se detuvo a comprobar preguntando.

Esto no significa que todas las mujeres finjan.

Ni muchísimo menos que todos los hombres estén engañados.

Significa que hemos construido demasiada sexualidad en torno a la representación y demasiado poca en torno a la comunicación.

Por eso, cuando alguien me dice: «A todas las demás les encanta», mi respuesta cada vez está más clara: Yo no soy todas las demás.

El cuerpo que tienes delante ahora es este. Pregúntale a este cuerpo. Escucha a esta persona.

Porque saber follar no consiste en demostrarme lo que aprendiste con las anteriores.

Consiste en descubrir conmigo qué funciona hoy, aquí y entre nosotros dos.

¿Cuántas veces hemos llamado «sexo» a aguantar?

Durante muchos años muchas mujeres hemos aprendido también a soportar. Una penetración demasiado rápida. Una intensidad que no queríamos. Un movimiento que molestaba. Una manera de tocar que podía proporcionar placer al principio y, al final, hacer daño.

Y muchas veces no decíamos nada.

O decíamos algo y después aguantábamos.

Como si el dolor fuera simplemente una parte del sexo que nos había tocado asumir.

Yo también lo hice.

Y que hoy sepa que no tengo por qué hacerlo no significa que décadas de aprendizaje desaparezcan de un día para otro.

Cambiar nuestra manera de vivir la sexualidad también es un proceso.

Yo llevo años haciéndolo. Llevo años escribiendo sobre ello. Llevo años observándome, aprendiendo y expresando lo que he vivido en esta profesión.

Y todavía me encuentro con situaciones en las que, después, pienso: ¿Por qué he aguantado esos segundos de más?

Saber poner límites también se aprende. Yo ya no quiero normalizar el dolor. Y tampoco quiero enseñárselo así a nadie.

Ser trabajadora sexual no significa tener que aguantar

Cuando el sexo forma parte de tu trabajo aparece una idea especialmente peligrosa:

«Estoy trabajando. Tendré que aguantar». No.

Que alguien pague por una experiencia sexual no convierte mi dolor en una obligación profesional.

En cualquier profesión, pagar a alguien no implica adquirir el derecho a ignorar sus límites profesionales o físicos.

Con el trabajo sexual ocurre lo mismo, con una particularidad enorme: mi herramienta de trabajo es también mi propio cuerpo. Es mi salud. Es mi placer. Y es el cuerpo con el que seguiré viviendo cuando la otra persona se haya marchado.

Puedo aceptar perfectamente una sesión dedicada por completo al placer de quien viene a verme.

No necesito que me proporcione un orgasmo.

Ni siquiera necesito que busque activamente mi placer si hemos planteado la experiencia de esa manera.

Pero existe un límite: tu placer no puede construirse sobre mi dolor.

El cliente también es seleccionado

Durante demasiado tiempo el trabajo sexual se ha contado como si únicamente existiera una evaluación.

¿Le habrá gustado? ¿Volverá? ¿Habrá quedado satisfecho?

Pero falta la otra mitad.

¿Quiero yo que vuelva?

Quien paga es un cliente. No se convierte en propietario temporal de la persona que tiene delante.

Yo también puedo decidir con quién trabajo. Puedo establecer condiciones. Puedo poner límites. Y puedo decidir que determinada persona no vuelva.

Eso también es profesionalidad.

«Las ganas no se pueden controlar»

Y aquel mismo día apareció otra conversación.

Otra persona completamente diferente me preguntó por una práctica sexual y le expliqué que podía disfrutarla siempre que se hiciera de manera que no me causara dolor.

Entonces me dijo que quizá tendría ganas de hacerlo fuerte y no podría contenerse.

Después escribió: «Las ganas no se pueden controlar si tienes la polla adentro».

Y ahí volvió exactamente la misma cuestión que llevaba todo el día rondándome.

No. Precisamente eso forma parte de la educación sexual. Aprender a controlar lo que hacemos cuando estamos excitados.

La excitación no elimina nuestra responsabilidad. Tener muchísimo deseo no convierte el cuerpo de la otra persona en un lugar para descargarlo.

Consentir una práctica tampoco significa consentir cualquier intensidad, ritmo o manera de realizarla.

Haber dicho «sí» hace cinco minutos no impide decir ahora: «Así no». «Más despacio». «Me duele». «Para».

El consentimiento no se entrega al principio del encuentro y desaparece hasta que terminamos.

Está presente durante todo el encuentro.

Saber follar también significa abandonar tu técnica favorita

Si llevas veinte años haciendo un movimiento determinado porque te produce muchísimo placer, eso no significa que tengas que repetirlo con todos los cuerpos que encuentres.

Si algo duele, cambiamos. Si algo no excita, buscamos otra cosa. Si una postura no funciona con esos dos cuerpos, utilizamos otra. Si una práctica no funciona, tenemos muchísimas otras posibilidades.

Eso es sexualidad.

Adaptación. Comunicación. Curiosidad.

No ejecutar el mismo programa sexual sobre cada persona que repites desde hace treinta años.

Para mí, saber follar significa algo bastante más difícil: saber qué hacer cuando aquello que a ti te encanta no le funciona al cuerpo que tienes delante.

Puedes saber penetrar y no saber follar

Tendemos a confundir experiencia con conocimiento.

Pero haber practicado muchísimo sexo únicamente demuestra que has practicado muchísimo sexo. No demuestra necesariamente que hayas aprendido de él.

Puedes conocer cien posturas. Puedes haber estado con cientos de personas. Puedes saber provocar placer. Y aun así puedes no saber escuchar.

Porque saber follar también consiste en observar. Preguntar. Esperar. Regularse. Cambiar cuando algo no funciona. Aceptar que el cuerpo que tienes delante hoy no funciona como el de ayer. Y detenerte cuando alguien dice: «Me duele».

Eso también es técnica sexual.

Para mí, probablemente una de las más importantes.

Y terminé el día viendo un documental

Aquella noche terminé viendo este documental sobre prostitución y explotación sexual, y la reflexión se hizo aún mayor.

Las situaciones que aparecen allí no son equiparables a mis experiencias profesionales.

Y cuando hablamos de menores, estamos ante una realidad completamente diferente: la responsabilidad recae en los adultos, nunca en una niña.

Pero el documental volvió a colocar delante de mí una palabra de la que hablamos muchísimo menos: la demanda.

Hablamos de prostitución. Hablamos de trabajadoras sexuales. Hablamos de explotación. Hablamos de proxenetismo. Hablamos de drogas. Hablamos de vulnerabilidad. Hablamos de dinero.

Pero ¿Cuánto hablamos de quienes demandan sexo? ¿Y cuánto los educamos?

No todos los clientes son iguales. Sería profundamente injusto decirlo.

A través de mi trabajo he conocido personas maravillosas, respetuosas, sensibles, curiosas y capaces de escuchar.

Precisamente por eso sé que otra manera de relacionarse sexualmente es posible.

¿Y si, además de hablar de prohibir, empezáramos a hablar de educar?

Cada vez lo pienso más.

Hay personas a las que no les hacen falta más posturas sexuales. Les hace falta educación sexual. Consentimiento. Anatomía. Excitación. Comunicación. Los tiempos de un cuerpo.

Cómo tocar. Cómo escuchar. Cómo dejarse guiar sin interpretarlo como una pérdida de poder. Cómo controlar la propia excitación. Cómo aceptar que algo que te encanta puede no funcionar con la persona que tienes delante.

Y, sobre todo, algo extraordinariamente sencillo: el cuerpo que tienes delante sigue perteneciendo a la persona que está dentro de él.

Por eso, cada vez tengo más claro por qué quiero enseñar la sexualidad desde la experiencia.

No solo para quien quiere conocer mejor su propio cuerpo y mejorar su vida sexual. También para quien quiere aprender a acompañar profesionalmente a otras personas.

Porque quizá llevamos demasiado tiempo enseñando la sexualidad como una colección de técnicas y demasiado poco como lo que realmente es: el encuentro entre dos cuerpos que sienten.

Después de estos días tengo todavía más clara una cosa:

No necesitamos tener más sexo.

Necesitamos aprender a tenerlo mejor.

Cris Blas · Sex Coach

Posts relacionados