¿Buscas una dómina o una sumisa? Yo no interpreto personajes sexuales

Hay dos peticiones que recibo con bastante frecuencia de hombres que se ponen en contacto conmigo:

«Quiero una dómina»

«Quiero una sumisa»

Algunos ni siquiera me preguntan si trabajo de esa manera, si me gusta o si ese tipo de práctica forma parte de mis servicios. Han decidido el personaje que quieren encontrar y esperan que la mujer a la que llaman se transforme en ese personaje.

Yo no lo hago

No soy dómina, no soy sumisa y no interpreto personajes sexuales. No porque desconozca que estas prácticas existen, sino porque mi trabajo y mi manera de entender la sexualidad van en otra dirección: hacia el placer físico, el conocimiento del cuerpo y el orgasmo real.

Y cuanto más observo el mercado sexual, más tengo la sensación de que estamos llenando el sexo de papeles, etiquetas y escenas mientras seguimos sin saber dar ni recibir placer.

Empecé con 38 años, no siendo una joven que aceptaba cualquier cosa

Empecé como trabajadora sexual con 38 años. No era una chica joven que acababa de descubrir su sexualidad, aunque todavía tenía mucho que aprender sobre el trabajo sexual y sobre mis propios límites profesionales.

Al principio sí acepté alguna petición de dominación. No porque me sintiera domina, sino porque parecía que una trabajadora sexual tenía que saber hacerlo todo: ser cariñosa, salvaje, dominante, complaciente, vestir de una determinada manera y convertirse en el personaje que cada cliente hubiera imaginado.

Yo también quise demostrar que sabía hacer de todo.

Intenté interpretar alguna escena de dominación, pero muchas veces me sentía ridícula. Tenía que pensar qué decir, qué actitud adoptar y cómo comportarme. Dejaba de prestar atención al cuerpo que tenía delante porque estaba intentando representar un papel que no me salía de forma natural.

La sumisión era diferente. Cuando me pedían que fuera sumisa, normalmente decía que no. Yo no soy sumisa y no me identifico con la idea de que alguien me humille, me rebaje o me dé órdenes para representar una jerarquía sexual.

Hace ya muchos años que tampoco acepto hacer de domina. Ahora, cuando me lo piden, mi respuesta es directamente no. No quiero aparentar que sé hacerlo todo ni necesito aceptar una práctica que no representa lo que ofrezco.

Una trabajadora sexual no tiene que saber hacerlo todo

Existe una idea muy extendida según la cual una trabajadora sexual debe estar preparada para satisfacer cualquier fantasía. Como si todas fuéramos intercambiables y pagar nos convirtiera en un catálogo completo de personajes y prácticas.

Pero cada profesional tiene su carácter, su forma de trabajar, sus preferencias, sus conocimientos y sus límites.

Hay trabajadoras sexuales especializadas en dominación. Conocen ese mundo, desean trabajar desde él y saben construir sus sesiones. También hay profesionales que disfrutan adoptando un papel sumiso dentro de unos límites acordados.

Si buscas eso, acude a una profesional que lo anuncie, lo conozca y quiera ofrecértelo.

Lo que no tiene sentido es elegir a una mujer por sus fotografías, su edad o su cuerpo y después pedirle que se transforme en una domina o una sumisa. Pagar por su tiempo no te da derecho a diseñar su personalidad.

Yo explico claramente quién soy y cómo trabajo. No ofrezco BDSM, humillación ni juegos de dominación o sumisión. Tampoco reproduzco escenas pornográficas ni preparo guiones sexuales.

No es una carencia de mi servicio. Es mi elección profesional.

¿Por qué tantos hombres buscan ahora dominación o sumisión?

Cada vez encuentro a más hombres buscando «algo diferente». Quieren que los dominen, que los humillen, que una mujer sea sumisa, probar un intercambio de parejas o experimentar la práctica que han visto anunciada esa semana.

Mi impresión, después de tantos años observando a personas reales, es que muchos no están buscando desde el conocimiento de su propio placer. Están buscando porque se sienten perdidos y creen que necesitan añadir una práctica nueva para sentir algo más.

El mercado responde ofreciéndoles más etiquetas, más fantasías y más personajes. Las páginas de anuncios destacan dominas y sumisas. Los clubes y determinados espacios sexuales promocionan fiestas BDSM. El porno convierte las dinámicas de poder en escenas fáciles de reconocer y de vender.

Por eso, desde mi punto de vista, una parte de este fenómeno funciona más como negocio y representación que como descubrimiento del placer. Se crea una categoría, se construye una estética y se vende como una experiencia sexual diferente.

Eso no significa que todas las personas que practican BDSM estén confundidas ni que nadie pueda sentir placer dentro de esas dinámicas. Hay adultos que disfrutan sinceramente de la dominación, la sumisión, el bondage, determinadas formas de dolor o los juegos de poder. Cuando existe consentimiento real, comunicación, límites y seguridad, es su manera de vivir la sexualidad y la respeto.

Pero que algunas personas lo disfruten no significa que sea la respuesta que necesita todo el que está aburrido, desconectado o insatisfecho sexualmente.

Antes de buscar un personaje nuevo, quizá habría que preguntarse si alguna vez hemos aprendido a sentir de verdad el cuerpo que ya tenemos.

No toda dominación significa lo mismo

También quiero distinguir la humillación y la imposición de otra experiencia que sí puedo comprender: dejar que alguien conduzca tu placer.

Una persona puede manejar el ritmo de tu excitación, acercarte al orgasmo, detenerse, hacerte bajar, volver a subir y mantenerte durante un tiempo en un nivel de placer muy alto. Puede tomar el control del recorrido de tu orgasmo sin humillarte, sin rebajarte y sin convertirte en un personaje inferior.

He encontrado esa forma de conducir el placer especialmente en algunos franceses, aunque también puede darse con personas de cualquier nacionalidad. Para mí, eso está mucho más cerca de escuchar el cuerpo que de representar una relación entre amo y esclavo.

No lo vivo como sumisión psicológica. Lo entiendo como confianza: durante un momento permites que otra persona lea tu cuerpo y guíe lo que estás sintiendo.

En cambio, muchas de las peticiones de dominación que he recibido —especialmente cuando se plantean desde la humillación, el insulto o el deseo de someter a la otra persona— me alejan completamente del placer que me interesa.

Una cosa es conducir un orgasmo.

Otra es construir una escena de poder.

Yo elijo la primera.

A mí tampoco me enseñaron a sentir placer

Mi defensa del placer físico no nace de una teoría. Nace de mi propia historia.

A mí nadie me enseñó a conocer mi cuerpo ni a manejar mi placer. Hasta los 27 años no descubrí por mí misma lo que podía sentir. Y después todavía necesité mucho tiempo para conocerme, entender cómo respondía mi cuerpo y aprender a recorrer los diferentes niveles del placer.

Un orgasmo no es simplemente llegar o no llegar. Puede ser un cero, casi sin sensación. Puede ser agradable, pero breve. Puedes permanecer en un tres o en un cuatro, muy a gusto. Puedes subir a un seis o un siete y pensar: «Guau». Y si conoces el cuerpo y la estimulación continúa de manera adecuada, puedes alcanzar un ocho o un nueve y mantenerte ahí sin precipitar el final.

Eso es lo que me interesa.

No coleccionar prácticas ni representar más fantasías. Me interesa descubrir cómo se despierta un cuerpo, cómo aumenta su sensibilidad, qué lo hace subir, qué lo desconecta y cómo puede aprender a recibir un placer que quizá nunca había sentido.

Yo tardé años en descubrirlo y en conocerme. Ahora intento ayudar a otras personas a que también lo descubran.

Tener un orgasmo no demuestra que hayas sentido todo el placer posible

Una fantasía mental puede provocar excitación. Una escena de dominación o sumisión puede provocar una erección, lubricación e incluso un orgasmo.

Pero un orgasmo no tiene siempre la misma intensidad ni abarca por sí solo toda la experiencia.

Alguien puede eyacular rápidamente y haber sentido muy poco. Otra persona puede no llegar al orgasmo final y, sin embargo, haber permanecido durante mucho tiempo en un placer físico intensísimo.

Por eso no me basta con comprobar que ha habido un orgasmo. Me interesa su recorrido: cómo cambia la respiración, cómo se mueve la pelvis, dónde se acumula la tensión, qué presión funciona, qué ritmo hace subir la excitación y qué ocurre cuando no interrumpimos justo aquello que estaba funcionando.

Busco ese ocho, ese nueve o ese nueve y medio: ese nivel en el que el cuerpo está completamente dentro de la sensación y puede permanecer allí, aflojar y volver a subir.

Para llegar a ese lugar no necesito llamarte esclavo, amo, señor o sirviente.

Necesito escuchar tu cuerpo.

Representar sexo no es lo mismo que sentir placer

Durante mucho tiempo hemos confundido la sexualidad con su representación.

El porno nos ha enseñado posiciones, sonidos, gestos y cuerpos que parecen demostrar continuamente que algo extraordinario está ocurriendo. Después intentamos reproducir esas imágenes en nuestros encuentros.

También hemos creado personajes: el hombre dominante, la mujer sumisa, la dómina que nunca pierde el control, la mujer insaciable o el amante que conoce todas las técnicas.

Pero el cuerpo no siente más por representar mejor su papel.

Puedes construir una escena sexual espectacular y estar desconectado de tus sensaciones. Puedes cumplir una fantasía que llevabas años imaginando y descubrir que, cuando se vuelve realidad, no te produce el placer que esperabas. También puedes hacer muy poco desde fuera y sentir una intensidad difícil de explicar.

Por eso cada vez me interesa menos interpretar el sexo y más sentirlo.

No quiero parecer excitada. Quiero estarlo.

No quiero hacerte creer que sé darte placer. Quiero observarte hasta descubrir cómo dártelo.

No quiero que tú actúes para demostrarme que la sesión funciona. Quiero notar las respuestas que no necesitas fingir.

Yo trabajo con cuerpos, no con personajes

Mi forma de trabajar empieza cuando dejo de pensar que ya sé quién eres.

Observo cómo respiras, cómo respondes al contacto, qué sucede cuando cambio la presión o el ritmo y cómo se transforma tu cuerpo cuando encuentro algo que funciona. Si necesito que me guíes, te lo pregunto. Si tú tampoco sabes exactamente qué te gusta, lo exploramos.

No tengo una escena preparada que deba llevarnos a un final concreto. Tampoco necesito cumplir una lista de prácticas para que parezca que hemos hecho mucho.

Puedo mantener un movimiento durante bastante tiempo si noto que el placer va en aumento. Puedo ayudarte a descubrir que recibir no consiste únicamente en tumbarse y esperar: también exige atención, comunicación, confianza y la capacidad de permitirse sentir.

Ese es mi trabajo como sex coach práctica.

No soy sexóloga clínica ni realizo terapia. Trabajo con más de quince años de experiencia práctica con cuerpos reales y con todo lo que he aprendido sobre el placer físico.

No soy una domina.

No soy una sumisa.

No soy una actriz contratada para reproducir el vídeo que tienes en la cabeza.

Soy una persona real trabajando con otra persona real.

El consentimiento también incluye el derecho a no interpretar

El consentimiento empieza antes de cualquier contacto.

Aceptar una sesión no implica estar disponible para todo lo que el cliente desee. Significa que las dos personas saben qué van a compartir, qué no y que cualquiera puede marcar un límite sin tener que defenderlo una y otra vez.

Cuando digo que no hago dominación ni sumisión, no estoy iniciando una negociación sobre el precio de esas prácticas. Estoy comunicando un límite.

Insistir, intentar convencerme o pensar que una cantidad mayor debería hacerme cambiar de opinión demuestra que ese límite no se ha comprendido.

Hace muchos años, quizá aceptaba representar a alguna dominación porque creía que ser profesional significaba saber hacerlo todo. Hoy sé que ser profesional también consiste en reconocer con claridad qué haces, qué no haces y cuál es el valor real de tu trabajo.

Prefiero perder una reserva que desconectarme de mí misma para interpretar un personaje.

No necesito dominarte ni someterme para sorprenderte

Algunas personas creen que, sin disfraces, órdenes, humillaciones ni personajes, el sexo se vuelve convencional.

Yo pienso lo contrario.

Lo previsible es repetir un guion que ya conoces. Lo verdaderamente desconocido es encontrarte con otro cuerpo sin saber de antemano cómo responderá y tener la sensibilidad necesaria para descubrirlo.

Puedo sorprenderte sin fingir que soy otra mujer.

Puedo hacerte descubrir sensaciones nuevas sin humillarte ni obedecerte.

Puedo acompañarte hacia un placer físico muy intenso sin convertir el encuentro en una representación.

Si quieres una domina, busca una domina.

Si quieres una sumisa, busca una sumisa.

Busca a una profesional que conozca esa práctica, quiera compartirla contigo y la disfrute dentro de límites claros. No pretendas que cualquier trabajadora sexual adopte el personaje que tú hayas elegido.

Pero si vienes a verme a mí, no encontrarás un personaje.

Me encontrarás a mí.

Y mi propuesta no es enseñarte a interpretar mejor el sexo, sino ayudarte a descubrir cuánto placer real puede sentir tu cuerpo.

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