Hubo una época en la que yo hacía anuncios compulsivamente.
Recuerdo a un cliente que una vez abrió su ordenador para mostrarme algo; me enseñó que si alguien buscaba una escort por la zona, era matemáticamente imposible no encontrarme. Salía constantemente, en todas partes.
Y era verdad. Yo cambiaba fotos, pulía textos, inventaba títulos nuevos. Nunca repetía exactamente el mismo anuncio porque sabía que los algoritmos te lo penalizaban o te lo borraban. Pero tenía tanto material fotográfico acumulado y tantos años creando contenido que aquello ya se había convertido en una especie de TOC digital.
En aquel momento, la mayoría de los anuncios eran gratuitos o costaban muy poco. Esa compulsión por ocupar espacio en la red no dolía tanto en el bolsillo.
Ahora sí. Hoy en día, cada subida cuesta dinero. Cada renovación cuesta dinero. Cada gramo de visibilidad digital se paga a precio de oro.
Y es ahí, cuando miras las facturas a final de mes, cuando empiezas a darte cuenta de una paradoja perversa: ya no estás pagando para trabajar; estás pagando para no desaparecer.
Ese es el verdadero negocio.
La gente de fuera cree que las plataformas y las páginas de anuncios viven de la publicidad. No. Esas páginas viven de nuestra ansiedad por la visibilidad. Viven del miedo crudo a bajar de posición, del miedo a que el teléfono deje de sonar, del pánico silencioso a que hoy trabajen todas las demás y tú te quedes a oscuras.
Y claro que entiendo las reglas del juego. Si hay miles de perfiles compitiendo, alguien tiene que aparecer primero. Pero llega un punto en el que es inevitable preguntarse: ¿Cuánto dinero generan esas plataformas multimillonarias mientras nosotras ponemos el cuerpo, el cansancio, las conversaciones infinitas en chats, las cancelaciones de última hora, la gestión de faltas de respeto y un desgaste mental y físico absoluto?
Nosotras hacemos el trabajo más humano, íntimo y complejo de todos… y, sin embargo, el sistema nos trata como las piezas más reemplazables de su engranaje.
Antes, yo entraba en ese juego casi con euforia. Había algo adictivo en reinventarme cada semana, en el subidón de ver un anuncio nuevo y sentir que dominaba el espacio digital.
Hoy miro atrás y lo digo sin tapujos: “Mi verdadero proxeneta son las páginas web.” Ellas, y la necesidad de sostener el techo bajo del que vivo. A veces dependes de un propietario, a veces de una empresa, ahora de mi propia familia… pero al final, la estructura es la misma. Hubo un momento en que mi profesión se convirtió en pura pasión y pedagogía erótica, pero cuando el sistema te aprieta, acabas trabajando simplemente para mantener la estabilidad. Y cuando tu techo depende exclusivamente del dinero, tu cuerpo acaba negociando directamente con el cansancio.
Hace poco, un cliente en Zúrich intentó desestabilizarme ofreciéndome 75.000 euros por quince días, bajo sus condiciones y fantasías verbales. Cuando le dije que no, que mi dignidad y mi respeto no se compran, su respuesta rabiosa fue decirme que “no estaba a su altura” y que me quedara con mis sesiones habituales. Ese hombre no entendió nada. No entendió que yo adoro a mis clientes de una hora porque hay un intercambio humano y respetuoso. No entendió que yo me pago mis propios viajes y mi libertad. Cómo el dinero ciega a las personas, haciéndoles creer que pueden poseer la vida de los demás.
Por eso ya no puedo ver el proxenetismo de la forma tradicional, como una relación entre una persona física que ejerce control y otra que se somete. El proxenetismo moderno es un sistema integral diseñado para convertir la necesidad humana en una dependencia absoluta.
Y en esa trampa entramos todos, no solo las trabajadoras sexuales.
La escort que quema su dinero subiendo anuncios para que no la adelanten; pero también el camarero que aguanta humillaciones de clientes insoportables porque necesita llegar a fin de mes; el oficinista que vende su salud atrapado en una silla frente a una pantalla; o cualquier persona que es incapaz de dejar un trabajo que le destruye el alma porque tiene una hipoteca que pagar o todas las necesidades que se ha creado a lo largo de la vida. Tanto un empresario, un autónomo, un trabajador y un jubilado. Todos estamos dentro
Quizá el verdadero proxeneta del siglo XXI no tiene cara ni lleva trajes caros ni te grita por la calle.
Quizá los verdaderos proxenetas modernos son las cuotas mensuales, el coste de la vida y el miedo programado a quedar fuera del sistema.
Frente a eso, mi mayor rebeldía sigue siendo la misma: elegir con quién comparto mi energía y mi tiempo.
Mantener el control de mi tiempo y recordar que la dignidad, la humildad y la inteligencia emocional son dones que ninguna plataforma digital ni ninguna cuenta bancaria podrán jamás comprar.
Aspiro a vivir mi sexualidad y mi profesión, mi vida bajo mis propias reglas, hoy y hasta que me muera, porque el deseo y la soberanía sobre el propio cuerpo no tienen fecha de caducidad ni jubilación.



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