Durante muchos años trabajé de manera muy concreta.
Mi objetivo era construir una cartera de personas que disfrutaran de mi compañía y quisieran repetir con el tiempo. Por eso, mis tarifas estaban pensadas para que cualquiera pudiera permitirse vivir esta experiencia con regularidad.
Hoy mi forma de entender mi trabajo ha cambiado por completo.
Ya no busco una larga lista de personas que regresen una y otra vez.
Busco personas que quieran aprender.
Mi mayor satisfacción sería que alguien viniera una sola vez, descubriera tanto sobre su cuerpo, el placer, la comunicación y su propia sexualidad que no volviera a necesitarme nunca más.
¿Qué algunas personas regresan?
Por supuesto.
Unas vuelven porque quieren seguir aprendiendo.
Otras porque surgen nuevas preguntas o viven una etapa diferente de su vida.
Y otras, simplemente, porque disfrutan de mi compañía.
Porque una sesión conmigo no consiste únicamente en un encuentro íntimo.
Es una experiencia profundamente humana.
No interpreto un personaje.
No actúo.
No sigo un guion.
Soy exactamente la misma persona dentro y fuera de la sesión.
Hablamos de sexualidad, pero también de emociones, relaciones, autoestima, miedos, experiencias personales y de la vida.
Muchas personas terminan sintiendo que han pasado unas horas con una amiga que, además, les ha ayudado a comprender mejor su propia sexualidad.
Y eso hace que cada encuentro sea completamente diferente.
El valor de la experiencia
Hace poco alguien me hizo reflexionar.
Una drag queen puede recibir más de 400 euros por una actuación de dos horas.
Un saxofonista puede recibir más de 800 euros por una jornada completa.
Y nadie cuestiona ese valor.
Han dedicado años a formarse, a practicar y a perfeccionar su profesión.
Entonces pensé…
¿Por qué una profesional de la sexualidad, con más de quince años de experiencia, formación en coaching sexual, comunicación, relaciones humanas y un aprendizaje adquirido tras acompañar a cientos de personas, debería valorar menos todo ese conocimiento?
Fue entonces cuando entendí que lo que realmente comparto no puede medirse en minutos.
Comparto experiencia.
Comparto conocimientos.
Comparto calma.
Comparto confianza.
Comparto herramientas que muchas personas seguirán utilizando durante toda su vida.
Y quizá eso sea mucho más importante que la duración de una sesión.
Cuando cambié mi forma de verlo, aparecieron nuevas ideas
Al comprender que mi verdadero propósito era acompañar y enseñar, empecé a ver mi trabajo desde otra perspectiva.
Me pregunté en qué momentos de la vida ese acompañamiento podría tener un mayor impacto.
Y, casi sin darme cuenta, pensé en las bodas.
¿Y si el mejor regalo de boda no fuera un objeto?
Estamos acostumbrados a regalar dinero, electrodomésticos, viajes o experiencias gastronómicas.
Sin embargo, hay algo que probablemente influirá en la relación de esa pareja durante muchos años y que, curiosamente, casi nadie prepara: su vida íntima.
¿Y si existiera un espacio donde pudieran hablar sin vergüenza?
¿Resolver dudas?
¿Aprender a comunicarse?
¿Descubrir cómo disfrutar sin prisas ni presiones?
Cada vez imagino con mayor claridad una experiencia pensada para los días previos a la boda.
Un momento tranquilo en el que la pareja pueda conocerse mejor, comprender sus diferencias, reducir los nervios y comenzar esta nueva etapa con mucha más seguridad y confianza.
Y, si así lo desean, incluso pueden preparar con naturalidad ese primer encuentro íntimo como matrimonio.
No se trata de sustituir su noche de bodas.
Se trata de ayudarles a vivirla con menos miedo, menos expectativas irreales y mucha más conexión.
Mucho más que un regalo de boda
Cuanto más pienso en ello, más posibilidades encuentro.
Una experiencia así podría ser un regalo de boda.
También un regalo de aniversario.
O un regalo para una pareja que comienza a convivir.
Incluso podría ser el inicio de un proceso para personas que nunca han recibido educación sexual práctica y desean empezar a descubrirse de forma respetuosa y consciente.
Quizá hoy esta idea resulte extraña.
Pero también hubo un tiempo en el que acudir a un psicólogo parecía raro.
O contratar un entrenador personal.
O contar con un wedding planner para organizar una boda.
Las necesidades cambian.
La sociedad evoluciona.
Y quizá, dentro de unos años, preparar la vida íntima de una pareja antes de casarse sea tan natural como elegir el vestido, preparar el baile o planificar el viaje de novios.
No sé si esa idea llegará a hacerse habitual.
Pero sí sé una cosa.
Si puedo ayudar a que dos personas comiencen una etapa tan importante de su vida con más confianza, más comunicación y más herramientas para disfrutar de su sexualidad, entonces habrá merecido la pena imaginarlo.
Una reflexión personal de Blassia
Este artículo recoge una reflexión personal basada en mi experiencia acompañando a personas durante muchos años. Mi visión del coaching sexual, la educación sexual y las relaciones de pareja ha evolucionado con el tiempo, y hoy mi prioridad es ofrecer herramientas que ayuden a las personas a vivir su intimidad con mayor confianza, comunicación y bienestar.
Si quieres conocer más sobre mi forma de trabajar, puedes visitar la página de Blassia o descubrir otros artículos sobre sexualidad, relaciones y desarrollo personal en mi blog.



