Château Perché: fui por curiosidad… y terminé descubriendo mucho más que un festival

Cuando me propusieron ir al Château Perché, acepté casi por curiosidad.

No era un viaje que yo hubiera organizado ni un festival que hubiera elegido por la música. De hecho, pensaba que sería principalmente de trance, un estilo que nunca me ha llamado especialmente la atención.

Además, había otro reto: convivir durante varios días con alguien a quien apenas conocía. Eso siempre es una aventura. Da igual dónde viajes; compartir tantos días con una persona hace que descubras tanto el lugar como la forma en que cada uno vive las experiencias.

Así que fui sin demasiadas expectativas.

Y precisamente por eso me sorprendió tanto. No tenía ni idea de dónde me estaba metiendo.

La primera sorpresa fue descubrir que la música no era lo que esperaba. Sí había trance, pero predominaba mucho más el house, un estilo con el que conecté muchísimo más. Aquella primera idea que llevaba en la cabeza desapareció en pocas horas.

Pero cuanto más avanzaban los días, más me daba cuenta de que la música era solo una parte de Château Perché.

Lo realmente especial ocurría durante el día.

Había decenas de talleres repartidos por todo el recinto: sexualidad, escritura erótica, pintura, danza, yoga, masajes, creatividad, relaciones humanas…

Podías pasar un día entero sin acercarte a un escenario y sentir que el viaje ya había merecido la pena.

Y eso fue, probablemente, lo que más me sorprendió.

No sentía que estuviera en un festival.

Sentía que estaba en una pequeña comunidad donde, durante unos días, miles de personas compartían algo mucho más profundo que la música.

Los pequeños detalles hablan mucho

Otra de las cosas que más me llamaron la atención fueron sus códigos éticos.

No eran normas impuestas.

Era una forma de convivir.

Se respiraba respeto.

Y, curiosamente, donde más lo noté fue… en los baños. Sí, en los baños. Parece una tontería, pero creo que dicen mucho de un lugar. En mitad de un bosque, entre miles de personas, esperaba encontrar los típicos baños de festival.

Sucios. Con mal olor. Papeles por el suelo.

Y fue exactamente al revés.

Había urinarios ecológicos tanto para hombres como para mujeres, y cabinas cerradas donde cada persona utilizaba serrín después de hacer sus necesidades, y el resultado era increíble.

Nunca vi suciedad. Nunca olieron mal.

Nunca sentí esa sensación desagradable que solemos asociar a este tipo de eventos.

Aquello me hizo pensar que cuando las personas sienten que forman parte de una comunidad también sienten la responsabilidad de cuidarla.

La edad… solo existe cuando la piensas

Otra cosa que me llamó la atención fue la edad.

Si hubiera personas de mi generación, probablemente podríamos contarlas con los dedos de las manos.

La inmensa mayoría tendría entre veinte y treinta años.

Y, sin embargo, nunca me sentí mayor.

Supongo que por dentro seguimos sintiéndonos mucho más jóvenes de lo que refleja el espejo.

Ellos seguramente me verían como una mujer madura.

Yo simplemente me sentía una más.

Y eso me encantó.

Mi experiencia como naturista

El primer día, mientras recorríamos el festival, llegamos a la zona donde se celebraban muchos de los talleres. Era un espacio más tranquilo y discreto, y allí sí vi varias personas desnudas. Le pregunté a una chica si la desnudez estaba permitida en todo el festival o solo en esa zona. Me respondió que sí, que podía ir desnuda por todo el recinto si quería.

Pensé: “Pues perfecto.”

Recorrí prácticamente todo el festival desnuda.

No para llamar la atención.

No para provocar.

Simplemente porque, para mí, con ese calor, esa libertad y ese permiso, ¿qué tipo de naturista sería si no lo practicara en esas circunstancias?

Para mí, estar desnuda es normal. Lo hago todos los días.

Pensé que quizá otras personas también se animarían a verme, porque muchas veces pasa.

Pero no ocurrió.

Sí, vi muchos torsos desnudos. Muchas transparencias. Desnudos puntuales en talleres de yoga, de danza o en algunos espacios concretos.

Pero caminar desnuda por el recinto era otra historia.

Hubo momentos en los que tuve la sensación de que llamaba más la atención de la que esperaba.

Quizá solo fue una impresión mía.

Quizá no.

Pero me hizo reflexionar sobre algo que llevo años diciendo.

La desnudez puede aceptarse en determinados contextos y seguir resultando incómoda en otros, incluso dentro de un espacio tan libre como este.

Y eso también me pareció interesante.

No fue una decepción. Fue una observación.

Viajar también es descubrir a quien tienes al lado

Compartir varios días con una persona es curioso.

Cuando solo coincidimos unas horas, todos mostramos nuestra mejor versión. Pero viajar es diferente. Viajar saca a la luz nuestras costumbres, nuestras manías, nuestra paciencia… y también nuestra forma de mirar el mundo.

Durante esos días hubo momentos en los que observé actitudes que, lejos de molestarme, me hicieron pensar:

“Hace unos años, esa habría sido yo.”

Esa necesidad de que las cosas salgan tal como las imaginamos. La impaciencia cuando una expectativa no se cumple. Las ganas de cambiar de plan enseguida si sentimos que algo no es como esperábamos.

Me hizo sonreír porque me di cuenta de cuánto he cambiado con los años.

Si yo hubiera venido hace diez o quince años, probablemente también habría juzgado el festival demasiado rápido.

Sin embargo, esta vez decidí hacer justo lo contrario. Dar tiempo a la experiencia. Y conocerlo hasta el final.

¿Volvería?

Sin ninguna duda.

No por la música.Ni por los escenarios. Ni siquiera por los disfraces.

Volvería por las conversaciones. Por los talleres. Por la creatividad. Por la comunidad.

Por esa sensación de respeto que pocas veces he sentido en un evento tan grande.

Y porque este viaje me recordó algo que a veces olvidamos.

Muchas veces creemos que viajamos para descubrir un lugar.

Pero, en realidad, los mejores viajes son aquellos en los que terminas descubriendo una parte de ti que no sabías que había cambiado.

Y eso fue exactamente lo que me regaló Château Perché.

https://photos.app.goo.gl/fPUSkYzkjZveJN499

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