Cuando mi precio te parece demasiado: experiencia, formación y valor

Una conversación sobre el precio de una sex coach terminó convirtiéndose en un debate sobre títulos, experiencia y quién decide cuánto vale el trabajo de otra persona.

Hace unos días, alguien me contactó interesado en una sesión.

Le envié la información sobre mi trabajo: quién soy, cómo son mis encuentros, cuáles son mis límites y mis tarifas.

Después estuvo viendo mi página, mis vídeos y algunas entrevistas. En una de ellas me escuchó explicar que, con el paso del tiempo, había subido mis precios y que hacerlo también me ayudaba a seleccionar mejor a las personas que venían a verme.

Su reacción fue:

“Guau”.

Al principio no entendí a qué se refería “Guau”. Después me explicó que por mis tarifas. Le sorprendió porque no estaba acostumbrado a esos precios.

Y a partir de ahí comenzó todo.

Después del “guau” llegaron las preguntas sobre mis estudios, mis certificados y los títulos oficiales que tenía para llamarme sex coach. Comenzó a compararme con sexólogos y otros profesionales con formación universitaria reconocida por el Estado.

La conversación dejó de centrarse en si mi servicio podía interesarle.

Pasó a centrarse en si yo tenía suficientes títulos para justificar lo que cobraba.

Preguntar está bien; examinarme es otra cosa

Cualquier persona que piense en reservar una sesión conmigo tiene derecho a hacer preguntas.

Puede querer saber cómo trabajo, cuáles son mis límites, qué formación tengo o qué puede esperar del encuentro. Estamos hablando de sexualidad, intimidad y cuerpo. Informarse es lógico y responsable.

De hecho, al leer mi mensaje encontró una contradicción relacionada con el suplemento de los desplazamientos. Tenía razón. Era un error que debía corregir y se lo reconocí sin ningún problema.

Pero una cosa es preguntar para comprender y otra, muy diferente, es convertir la conversación en un examen.

Yo sentí que las preguntas sobre mi formación ya no provenían de la curiosidad, sino de la necesidad de encontrar una explicación a mi precio.

Como si mi tarifa solo pudiera ser válida si detrás de ella existiera un título oficial lo suficientemente importante.

Como si quince años de experiencia práctica no tuvieran valor por sí mismos.

Que te parezca caro no significa que cobre demasiado

Una tarifa no es ni cara ni barata de forma absoluta.

Depende de la situación económica de cada persona, de sus prioridades, de lo que busca y del valor que le atribuye a una experiencia.

Lo que para alguien es imposible de pagar, para otra persona puede ser una inversión que desea realizar. Mi precio puede no encajar en tu presupuesto ni en tu idea de lo que debería costar una sesión. Eso no significa que esté cobrando demasiado.

Significa que quizá mi servicio no es para ti.

Y no pasa nada.

Yo tampoco compro todo lo que existe ni contrato todos los servicios que me parecen interesantes. Pero que yo no pueda o no quiera pagar algo no me da derecho a decidir que el trabajo de otra persona no valga.

No pagas solamente el tiempo del reloj

Cuando alguien reserva una sesión conmigo, no paga únicamente por treinta minutos, una hora o dos horas.

Paga mi atención, mi energía, mi disponibilidad, mi experiencia y el espacio íntimo que creo para esa persona.

Paga mi capacidad para observar, adaptarme, escuchar y respetar sus límites. Paga un encuentro personalizado que no puede fabricarse en serie y que nunca es idéntico al anterior.

También paga todo lo que he aprendido durante más de quince años trabajando con cuerpos reales.

Mi tarifa ha cambiado conmigo, con mi experiencia, con la demanda y con la calidad de lo que ofrezco.

Sí, subir mis precios también me ha ayudado a seleccionar mejor a mis clientes. Ha reducido las negociaciones, las faltas de respeto y las personas que creen que pagar les da derecho a exigir cualquier cosa.

Además, me permite gestionar mi tiempo y mi energía para estar realmente presente en cada encuentro.

No obligo a nadie a pagar mis tarifas. Las comunico con claridad y cada persona decide.

Soy sex coach práctica

No soy médica ni psicóloga y no pretendo serlo. No diagnostico enfermedades ni sustituyo un tratamiento médico, psicológico o sexológico.

Mi trabajo es diferente.

Soy sex coach práctica. Acompaño a las personas a conocer mejor su cuerpo, a entender su placer, a comunicarse durante el sexo y a abandonar muchas de las presiones que les impiden disfrutar.

Trabajo con la experiencia física y el placer real.

En mis sesiones puede haber conversación y escucha, porque la sexualidad está relacionada con lo que pensamos, sentimos y hemos aprendido. Pero mi servicio no es una terapia psicológica.

Hay personas que necesitan acudir a una psicóloga, una médica, una sexóloga clínica, una fisioterapeuta de suelo pélvico o una terapeuta de pareja.

Otras buscan un acompañamiento práctico y corporal como el mío.

No hacemos el mismo trabajo y no tenemos por qué competir.

Quince años de experiencia no son “solo follar”

Antes de ser sex coach, mi camino comenzó como trabajadora sexual. No escondo esa parte de mi vida porque es fundamental para comprender lo que sé y lo que soy.

Durante más de quince años he conocido a miles de personas, cada una con un cuerpo, unos deseos, unas inseguridades y unos límites diferentes.

He visto hombres completamente dominados por el miedo a perder la erección. Mujeres que nunca habían aprendido a expresar lo que les gustaba. Personas que apenas conocían su propio cuerpo y otras tan preocupadas por rendir que eran incapaces de sentir.

También he comprobado cuánto daño pueden hacer el porno, las expectativas irreales y la idea de que el sexo debe convertirse en una actuación.

He aprendido que ningún cuerpo responde igual que otro. Lo que funciona con una persona puede no significar nada para otra. Que el deseo cambia con la edad, las hormonas, la salud y el momento vital.

Eso no es solo haber tenido mucho sexo.

Es haber observado, escuchado, tocado, sentido y acompañado a personas reales durante miles de horas.

Eso también es conocimiento.

La sexualidad de las mujeres necesita realidad

Una parte importante de mi trabajo nace de lo que he observado en la sexualidad femenina.

A muchas mujeres se nos ha educado para complacer, callar, sentir vergüenza y esperar que otra persona descubra nuestro cuerpo sin que nosotras mismas lo conozcamos.

Muchas no han disfrutado de su sexualidad como merecían. Algunas ni siquiera han aprendido que su placer importa.

Cambiar esta realidad no depende solamente de conocer la anatomía. También requiere hablar con naturalidad, abandonar tabúes, aprender a pedir, explorar el cuerpo y vivir el placer desde un lugar diferente.

Mi trabajo quiere contribuir a mejorar esa realidad desde la práctica, el respeto y el conocimiento del cuerpo.

La formación y la experiencia no son enemigas

Que yo defienda la experiencia no significa que desprecie la formación.

Llevo años realizando cursos, leyendo, investigando y aprendiendo sobre la sexualidad humana, la educación sexual, las relaciones seguras, el coaching y el acompañamiento.

La formación me ha permitido ordenar lo aprendido, descubrir nuevas herramientas y comprender mejor los límites de mi trabajo.

Pero un diploma no garantiza por sí solo sensibilidad, humanidad, capacidad para escuchar ni experiencia con cuerpos reales.

De la misma manera, la experiencia por sí sola tampoco convierte automáticamente a nadie en una buena profesional. Debe ir acompañada de aprendizaje, responsabilidad, honestidad y de límites claros.

No necesito despreciar el conocimiento académico para defender el mío.

Mi formación me aporta herramientas.

Mi experiencia les da cuerpo y realidad.

No tengo que justificar mi valor

Durante aquella conversación sentí que tenía que justificarlo todo: mi formación, mi experiencia, mi profesión y, finalmente, mi precio.

Después comprendí que no era necesario.

Mi responsabilidad consiste en explicar con honestidad qué hago, qué no hago y cuánto cuesta una sesión.

La otra persona decide si quiere reservar.

No tengo que rebajar mis tarifas para adaptarlas a la economía mundial. Tampoco necesito acumular títulos para obtener el permiso de cobrar lo que considero justo por mi tiempo, mis conocimientos y mi experiencia.

Si valoras lo que puedo ofrecerte, podemos encontrarnos.

Si mi precio te parece demasiado elevado o buscas otro perfil profesional, puedes optar por otra alternativa.

Pero una cosa es no poder o no querer pagar mi tarifa.

Y otra, muy distinta, es intentar demostrar que mi trabajo no la merece.

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